¡Imagínate!

Adrián Caetano propone que la imaginación surge como respuesta a la crisis.  Las personas que experimentan crisis, que no tienen salidas obvias tienen que utilizar la imaginación para crear soluciones al caos y a la anarquía de su vida.  Para Caetano, la imaginación no fracasa porque se la puede cambiar en cuanto una solución no funcione.  De la imaginación viene la seguridad, porque es algo que creamos nosotros mismos y cuando todo el mundo mira hacia fuera para solucionar todo, podemos mirar hacia adentro e inventar nuestras propias ideas sobre cómo resolver los problemas.  Aunque Caetano lo quiere aplicar a la industria del cine, mucho de lo que dice lo aplica a cada aspecto de la vida.  Está claro que en situaciones de inseguridad y de crisis la gente tiene que reinventar sus maneras de vivir para poder seguir adelante en el caos pero ¿es posible que esta imaginación cambie la historia?  O sea ¿puede la gente imaginar una realidad distinta a la que actualmente ocurrió?  En muchas situaciones no se puede conocer cada evento que ocurrió alrededor de una situación que resultó en caos, entonces se tienen que rellenar los espacios para resolver el problema en la mente.  La naturaleza humana es curiosa y siempre quiere tener las respuestas de por qué y cómo pero sin tener toda la información, no sería posible.  Entonces, inventamos para solucionar y para “saber” lo que pasó.

Otra parte de la imaginación viene durante el cuento de la historia.  Caetano refiere que es difícil trasmitir nuestra idea de la realidad, nuestra historia a la audiencia.  Al intentar formar una realidad comunitario, algo que ha sido un problema en Argentina a causa de la información limitada sobre los desaparecidos y la Guerra sucia, hay que relatar y compilar diferentes historias y realidades.  Debido a la dificultad de contar exactamente lo que ocurrió y la manera en que diferentes personas interpretan la misma información, la historia puede ser borrosa.  No es que el historiador mienta, pero sus memorias y experiencias nunca podrán ser perfectamente transmitidas a su audiencia.  Seguramente no puede contar cada detalle y por eso la audiencia empieza a inventar para llenar los agujeros.  También, a veces para olvidarse del horror que han experimentado o para solucionar los problemas de lo que les pasó, la historia misma puede tener algunos elementos de la imaginación del que la relata.  La mente es compleja y nos intenta ayudar a encontrar respuestas aunque sea imaginarias.

Entonces, cuando hablamos de construir una historia que ayude a definir la identidad de una persona o de un país, tenemos que hablar del pasado, de la historia y de las experiencias personales.  Beatriz Sarlo dice que “los ‘hechos históricos’ serían inobservables (invisibles) si no estuvieran articulados” y esta articulación “depende de una elección de valores” de lo que es importante recordar como historia.[1] En muchos casos alguien tiene el control sobre lo que está escrito  y recordado y esta persona determina los valores importantes en la construcción de la historia y por tanto de la identidad.  Cuando esto pasa, la historia ignora las experiencias individuales que no son “valoradas.”  En estos casos es importante que los individuos expresen sus experiencias personales para sacar a la luz la realidad de la historia nacional.  Aunque sus relatos sólo forman un pequeño pedazo del pasado, son importantes para entender los eventos que ocurrieron y como afectaron a los individuos del país.  Entonces, por las narrativas y los testimonios los individuos relatan sus historias, usualmente en la esfera pública, para hacer un entendimiento y conciencia común de los hechos históricos desde un punto de vista personal.  Sarlo destaca que aunque las narrativas, como fuentes creíbles, son poderosas en la construcción de la historia, el hecho de que son personales les hace menos abiertas “a la comparación con otras fuentes,” porque las experiencias de cada uno son diferentes.[2] En este sentido algunas personas minusvaloran estas narrativas porque solo son la realidad de una persona y no de la población entera, además algunas experiencias son tan intensas que el narrador “[desconfía] de la forma en que su relato será tomado.”  A menudo cuando eso pasa, el narrador abraza la experiencia del grupo entero como suya propia.  De este manera, pueden mostrar la realidad del impacto en su vida, pueden hablar por las victimas que no sobrevivieron y pueden relatar una historia más creíble.  Sin embargo, cuando narran de esta manera, hasta cierta punto tiene que haber elementos de la imaginación, porque las experiencias de amigos en los campos de concentración o cárceles de los desaparecidos no son propias del narrador y tienen que llenar lo que no saben con lo que imaginan como la verdad.  Seguramente pueden adivinar lo que pasó desde sus propias experiencias y pueden recibir respuestas de otros prisioneros que saben diferentes partes de la historia pero no pueden saber exactamente la historia entera.  De esta manera la imaginación entra en la construcción de la historia y la identidad.

Los historiadores no son el único grupo que utiliza la imaginación en la construcción de la historia.  De hecho, las personas que oyen las historias de segunda mano tienen gran propensión a inventar los elementos que no han sido narrados.  Por ejemplo, si un prisionero de un campo de concentración cuenta una historia en que su hermano se murió pero no explica cómo, algunos en la audiencia pueden pensar que fue matado en el crematorio mientras otros creen que lo mataron a tiros.  Como no está claro en la historia pueden inventarlo utilizando su imaginación e información que saben de los acontecimientos.  La audiencia usualmente tiene que construir su propia realidad de lo que pasó y al crear esta propia imagen todos perciben los eventos en maneras distintas.

Un grupo que ha tenido que imaginar e inventar sus propias respuestas a los fragmentos desconocidos son las personas que perdieron a su familia durante La Guerra Sucia en Argentina.  Durante estos años miles de personas fueron secuestrados por difundir ideas  contrarias  a la dictadura.  Las personas que se quedaron atrás—sus hijos, sus padres y sus amados—tenían que vivir con el misterio de dónde estaban sus familiares y de no saber si estaban muertos o vivos.  En la película Los Rubios, un ensayo fílmico en que Albertina Carri investiga la desaparición de su padre, los elementos de ficción, de imaginación y de realidad se unen para compilar su imagen de lo que pasó.  Dice en una escena que no sabe si lo imaginó o si era de verdad, pero cree que el coche de uno de los secuestradores era un Ford rojo.  Ella reconoce que su mente ha inventado respuestas para algunas de las preguntas que tiene pero esto resulta a veces en más frustración en su búsqueda de la realidad porque no sabe que es la verdad de sus “memorias.”  Ella quiere conocer a su padre y atar los cabos sueltos para tener una historia completa y una identidad fija pero no puede encontrar las respuestas necesarias para hacerlo.  Como miles de madres, padres, hijos y amigos en el país, el dolor de no saber que pasó a sus amigos, de no saber dónde están sus cadáveres, de no haber podido conocer completamente a estos seres amados, resulta en una compleja historia con enormes huecos, muchos de los cuales no pueden ser llenados afuera de la imaginación.

Esta realidad de no saber de dónde viene o de no saber qué es de un hijo—que sería el futuro de la familia—de no tener cierre,  ha tenido gran impacto en la identidad argentina.  Los narradores han permitido que partes de la historia sean conocidas pero en gran parte los argentinos han tenido que crear nuevas “memorias” mediante adivinaciones e información de investigaciones y publicaciones del gobierno.  La historia es el fundamento de la identidad y durante muchos años miles de argentinos perdieron su historia personal mientras el gobierno borró partes de la historia nacional.  Ahora, el reconocimiento de la realidad de lo que pasó, la investigación de los acontecimientos, el abrazo de las pocas memorias que hay y la imaginación, están facilitando la reconstrucción de ese perdido trozo de la historia argentina.


[1] Sarlo, Beatriz.  Tiempo Pasado: Cultura de la memoria y giro subjetivo.  Una discusión.  Buenos Aires: Siglo

veintiuno editores, 2002, 159.

[2] Sarlo, 162

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